20 5 / 2013

"Toda sociedad es simulada; la clase, en cambio, es auténtica (la soporta un origen mitológico), es decir, original; nunca será un grupo social sino un grupo espiritual."

Cayetano Betancur.

19 5 / 2013

"La humanidad está hoy, más que en ningún otro momento anterior de la historia, en un auténtico cruce de caminos. Uno de ellos lleva a la desesperación y a la desesperanza más absoluta. El otro, a la extinción total. Recemos para que tengamos la sensatez de elegir correctamente."

Woody Allen.

19 5 / 2013

[Extracto]

Las relaciones humanas, en definitiva, han dejado de ser ámbitos de certeza, tranquilidad y sosiego espiritual. En lugar de ello, se han convertido en fuente de prolífica ansiedad. Lejos de ofrecer el codiciado descanso, prometen una ansiedad perpetua y una vida en constante alerta. Las señales de angustia no dejarán nunca de encenderse y parpadear; las cornetas no cesarán de tocar a rebato.

El hecho de que en nuestros tiempos modernos líquidos necesitemos y deseemos vínculos sólidos y fiables más que en ninguna otra época anterior no hace más que agravar la ansiedad. Incapaces de calmar nuestras sospechas y de dejar de husmear posibles traiciones y de temernos frustraciones, buscamos -compulsiva y apasionadamente- «redes» de amigos y amistades más amplias: todo lo amplias que nos permita la agenda de números de teléfono de nuestro móvil, la cual, por suerte, adquiere aún mayor capacidad con cada nueva generación de dichos aparatos. Y mientras tratamos de cubrir todas las apuestas frente a posibles traiciones, y, así, reducir nuestros riesgos, corremos otro tipo de nuevos peligros por otro lado y preparamos el terreno para más traiciones.  Como ninguna carta es infalible, intentamos sacar todas las que podamos de la baraja.

Preferimos invertir nuestras esperanzas en «redes» más que en relaciones porque esperamos que, en una red, siempre haya números de teléfono móvil disponibles para enviar y recibir mensajes de lealtad. Esperamos compensar en forma de cantidad la pérdida de calidad que de ello se desprende. Disperse el riesgo, cubra sus apuestas: ése parece ser el modo más prudente de proceder. Los rastros que tal búsqueda de la seguridad deja tras de sí tienen, sin embargo, el aspecto de un cementerio de esperanzas truncadas y expectativas frustradas, y el camino que se avista por delante es prolijo en relaciones superficiales y frágiles. El terreno no se vuelve más firme a cada paso que se da; si acaso, va perdiendo la consistencia y las propiedades necesarias para establecer en él algo que sea sólido. Incita a los caminantes a correr y a quienes corren a correr aún más rápido.

Las relaciones no se fortalecen, los miedos no desaparecen. Tampoco se desvanece la sospecha de la presencia de un mal que aguarda pacientemente al momento más oportuno para atacar. (…) Tienden a considerar la huida de los problemas como una apuesta más segura que la de quedarse a combatirlos. Al primer síntoma del mal, empiezan enseguida a estudiar una ruta de evasión en la que exista una puerta suficientemente pesada y sólida que puedan cerrar tras de sí para cubrir su huida. La línea que divide a los amigos para siempre de los enemigos eternos, antaño nítida y celosamente vigilada, ha quedado ya completamente desdibujada; agoniza en una especie de «zona gris» en la que los papeles asignados pueden ser intercambiados al instante y sin apenas esfuerzo. (…) Todo eso se añade a la ya de por sí considerable confusión existente y envuelve el futuro en una niebla aún más densa. Y la niebla, formada a partir de los vapores del miedo, hiede a Mal.

12 5 / 2013

Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact-disc y abrelatas electricos.
Elige la salud: colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos.
Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos unos trajes en una amplia gama de putos quejidos.
Elige el bricolaje, y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá y ver teleconcursos que embotan la mente y explotan el espíritu, mientras llenas tu boca de puta comida basura.
Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo, siendo una carga para los jóvenes a quiénes has engendrado para reemplazarte.
Pero, ¿por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida. Yo elegí otra cosa.
¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?

Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact-disc y abrelatas electricos.

Elige la salud: colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos.

Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos unos trajes en una amplia gama de putos quejidos.

Elige el bricolaje, y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá y ver teleconcursos que embotan la mente y explotan el espíritu, mientras llenas tu boca de puta comida basura.

Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo, siendo una carga para los jóvenes a quiénes has engendrado para reemplazarte.

Pero, ¿por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida. Yo elegí otra cosa.

¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?

11 5 / 2013

Se suponía que la idea de “no dolor” era la que motivaba sus acciones y justificaba sus pequeños egoísmos.

Ansiaba el día de la ataraxia. Quería ojos de lago y mirar sin turbación. 

Se suponía que la realización era convertirse en isla.

Sin agitación, inamovible, quería ser destino de marineros. Bien sabía que se irían y desde antes de su llegada, prevería la partida. 

Se suponía que eso la ayudaría a no extrañar. 

Caminaron por sus muslos, se balancearon en sus palmeras, brincaron y bebieron en ella. Se fueron, regresaron y volvieron a partir, pero no hubo excitación. Tenía la mirada fija en el cielo. 

Se suponía que el estoicismo del que tanto le hablaron era la tabla de salvación.

No pronunció palabra porque no tenía nada qué decir, no dijo nada porque no había sensaciones, no sintió nada porque estaba muerta. El tiempo la había modificado.

Tanta suposición rumiada para concluir que la calma tampoco era el destino. 

Ahora, si pudiera elegir, preferiría llorar de nuevo. 

11 5 / 2013

Siento que hay algo para decir pero no hay palabra que lo diga ni realidad que lo abrace.

Algo para decir, como por decir algo. 

Hacer una figurita cualquiera y colgarla en la esquina de una ventana que da hacia una calle ciega, como por hacer algo.

Algo para decir… ¿pero qué? 

No se puede describir la nada porque cuando se transforma en verbo, ya es algo. 

Hablar del vacío es llenarlo de palabras.

Algo para decir, imposible de articular. 

Algo que no es nada; supongo que se trata de una insignificancia que no merece ser contada.

Algo que lo es todo; supongo que se trata de una verdad que no debe ser contada.

10 5 / 2013

10 5 / 2013

Mi niño interno. 

Mi niño interno. 

05 5 / 2013

La imposibilidad de olvidar se convierte en un fardo que pesa más en los días de lluvia.

Caminando encorvada, con un recuerdo ajeno, viene a mi mente la imagen de un hombre y una mujer extraños, acaso vistos en pesadillas.

Sigo andando, con el tormento del que no olvida.

Me detengo en un potrero que guarda los pasos de quienes lo recorrieron.

Hincada en el pastizal cierro los ojos.

Me desplomo.

El fardo muere conmigo.

Ya somos muchos.

30 4 / 2013

"Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en insecto". 

Cualquiera que haya leído a Franz Kafka reconocería la primera oración de “La metamorfosis”: una sentencia siniestra para el pobre Gregorio, a quien todo se le volvió patas arriba de la noche a la mañana. Pero, ¿se han puesto a pensar qué hubiera pasado si el protagonista no fuera un hombre sino una mujer?

Desde la perspectiva del autor, puede que la cosa no cambiara mucho: a fin de cuentas, se trata del relato de un sujeto que amanece siendo otro; un ser despreciable e incapaz. Sin embargo, para representar la transformación de una mujer, el escritor tendría que haber acudido a otro tipo de imágenes mentales:

En primer lugar, Gregoria no sería un insecto, porque a pesar de que la metamorfosis haya ocurrido de la nada, creo que en el fondo de toda mutación, por impuesta que parezca, siempre hay un anhelo oculto de cambiar, y si se tiene en cuenta que más de la mitad de la población femenina le tiene fobia a los bichos, este modo de estar en el mundo -convertida en insecto- no se relacionaría con el deseo inconsciente de transformarse.

Entonces, imagino que para hacer efectiva la metamorfosis de una mujer, debe haber un sentido de tristeza, soledad y duelo, pero amparado en la belleza. Así las cosas, cuando Gregoria se despertara, totalmente inconexa consigo misma, desubicada y extrañada ante todo, se vería como una sirena con el sexo enmarañado en un conjunto de escamas de colores. 

El olvido no estaría a cargo de la familia sino de lo amantes, quienes no se aproximarían a ella, aun cuando la encontraran como un diosa, porque ante la imposibilidad de acceder al placer primitivo, rehuirían su mirada, obviarían su postración. 

Pasadas unas horas, surgiría de la axila izquierda de Gregoria un tercer brazo que incrementara su necesidad de asir el presente y el pasado; tarea quijotesca, porque al dar brazadas de aire se colaría la ausencia,  testigo silente de su mutación.

Ese tercer brazo, cansado ya de querer abarcarlo todo y no conseguirlo, abriría el gancho del brassiere para liberar los pechos. Gregoria los percibiría más pequeños. Sentiría que el néctar de sus pezones se ha secado: no hay labios ajenos que los hinchen como globos de helio que, otrora, subían en un segundo al cielo.  

Un ojo, como el de Dios, se abriría centelleante entre cada botón marchito. La conciencia de la soledad y el peso de las lunas pasadas que no la engordan pero la encorvan, le gritarían que algo en ella se quebró de manera irreparable.

Ante tal espectáculo, Gregoria cubriría su rostro con una toca negra para llorar sin que nadie la viera. Se envolvería entre sábanas limpias que no guardaran rastro de sudor viril. Y se quedaría así, inerte, por el tiempo que le apeteciera, porque, a diferencia de Samsa, Gregoria no moriría con la metamorfosis.